Absoluta miseria
“Si no dices
la verdad sobre ti mismo,
no podrás decir
la verdad sobre los demás.”
Virginia Woolf
Cuando los mandatarios actuales de la sociedad valenciana dictaminan su voluntad de extirpar de la literatura autores y editores, culpables de no seguir las reglas impuestas por los propios mandatarios, acusados por usar una gramática difícil o por escribir con un estilo particular y a los editores acusados por el mero hecho de editar, y nadie osa oponerse a tales acusaciones, en lo sucesivo los mandatarios podrán cometer cualquier disparate contra los derechos inalienables de las personas, sean cuales sean sus opiniones. Cuando a un escritor se le niega el derecho a escoger las palabras, las formas verbales, los registros lingüísticos o leer las obras de otros autores para conformar su estilo propio, afirmo que la inmolación de la libertad ha comenzado, pues no se entiende el Arte sin Libertad.
Un escritor (cualquier escritor)
tiene derecho a elegir la gramática, el estilo o el vocabulario que más le
convengan y ningún mandatario tiene el derecho a prohibírselo, puesto que ya lo
hará el lector que quiera o no leerlo. La autoridad no está para dictaminar
quién o quiénes no podemos leer sino para preservar la libertad individual y
colectiva en todos los ámbitos de la vida social, también en el ámbito de la
cultura.
La libertad, en el pueblo valenciano,
ha estado demasiadas veces coartada, negada o prohibida. Autores como Juan Luis
Vives, Vicente Blasco Ibáñez, Max Aub, Miguel Hernández, Emili Gómez Nadal,
Juan Gil Albert, Enric Valor, Joan Fuster o Vicent Andrés Estellés han sido
motivo de censura y persecución. Ellos han sufrido de los tiranos el destierro,
la cárcel, la represión, la violencia e incluso la muerte por el mero hecho de
expresarse en libertad. Hechos que no deberíamos tomar a la ligera en ninguna de
las circunstancias puesto que cuando las ideas son extirpadas de una comunidad
mediante la violencia, la comunidad de hablantes, obligada a ponerse de
rodillas, deja de ser libre para acatar las normas impuestas por los
mandatarios autoritarios.
La Academia fue una creación del
poder Absolutista de los siglos XVI al XVIII, que pretendía ser la
representación de un poder ideal que en realidad era el poder sometido a las
élites dominantes con voluntad de dominación absoluta "todo para el pueblo
sin el pueblo". Si hoy acatamos la Academia, según su definición
absolutista, también deberemos acatar nuestra condición de súbditos sin voz ni
voto, acatar ciegamente que los millonarios no paguen ningún tipo de impuesto,
que el estado no tenga Seguridad Social, que no exista la Educación Pública ni
una red pública de transportes, así como tantas otras cosas más. En resumen,
volver en el tiempo trescientos años atrás. Pero todos sabemos que no hay
vuelta atrás… Hoy el papel de la Academia no es el de censurar, ni de prohibir,
ni el de denigrar ni perseguir, sino colaborar, contribuir, pactar, acordar,
razonar, discutir, dialogar de forma libre, democrática y participativa. De la
Academia del siglo XXI hay que seguir sus preceptos, que no es lo mismo que
rendirle obediencia ciega.
Si trescientos años después, los
mandatarios del PP y VOX elegidos por la sociedad valenciana (por muchos que
sean los votos obtenidos, que no es el caso) no quieren deshacerse del lastre
autoritario que implica la Academia del siglo XVIII demuestra bien a las claras
que no son los representantes de una sociedad libre, puesto que los mandatarios
democráticos no tienen derecho a decidir cuales escritores son los buenos
y cuáles son los malos, cuáles son los que debemos leer y cuáles no. Los
mandatarios elegidos mediante el voto no tienen ningún derecho a erigirse en la
Voz Única de la sociedad, porque la nación -ninguna nación- tiene una sola voz.
Ningún mandatario democrático tiene derecho a prohibirme pensar y expresarme
libremente.
Los consejeros valencianos del
PP-VOX podrán tergiversar la realidad y repetir que tienen mayoría absoluta
tanto como puedan, pero nunca tendrán el derecho de imponer la censura para
silenciar aquello que ha sido fruto de la libertad. Nunca tendrán el derecho
para imponer su absoluta miseria mental a los demás.
Ciudadanos, si no tenemos el
derecho de elegir los autores ni los textos que queramos para poder compararlos
con otros textos y autores diferentes, nuestra libertad -el fundamento de
nuestro libre albedrío- deja de tener sentido, puesto que sin elección no
existe libertad de expresión. El yo libre pasa a ser el esclavo de su amo.

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